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Golden State-Cleveland, la final que todos querían volver a ver

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La sed de revancha sobrevuela en el ambiente, aunque la previa no haya estado cargada de balazos verbales. La tercera final seguida de la NBA entre Golden State y Cleveland, que comenzará hoy a las 22 de la Argentina, trae muchas historias. Con un triunfo por lado, los Cavaliers buscarán sostener el reinado, conseguido de manera heroica tras lograr lo que nunca se había visto: ganar tres partidos y el título luego de estar perdiendo la serie por 3 juegos a 1. Los Warriors querrán colgarle el cartelito de “accidente” a lo que sucedió el año pasado y darse el gusto que se dieron en 2015, cuando se llevaron el título con autoridad. Es la final que querían todos, desde el ángulo del deporte y desde la mirada del espectáculo, eso que el básquetbol profesional estadounidense conjuga como tal vez ninguna otra liga del mundo.

Se terminaba octubre pasado -es decir, la primera semana de la temporada en la NBA- cuando el periodista David Aldridge, de la cadena TNT, le preguntó a Draymond Green, ala-pivote de Golden State, si el único equipo al que quería enfrentar en una final era Cleveland. La respuesta fue drástica. “No. Pero quiero ganar la Conferencia Oeste, que es muy difícil, y luego, si Cleveland es campeón del Este, quiero destrozarlos. No hay excusas ni peros ni aunques. Sabemos lo difícil que es llegar ahí, pero si lo conseguimos, quiero aniquilarlos”.

Quizás con ese recuerdo fresco, además de todo lo que se había hablado durante la serie en sí misma, alguien en Cleveland tomó una decisión muy particular. Decorar las paredes internas del estadio propio con imágenes de los campeones está dentro de toda lógica y no esconde ninguna segunda intención. Sin embargo, de lo que ocurrió el 25 de diciembre, día en que Golden State visitó el Quicken Loans Arena de los Cavs por primera vez desde la derrota, no podría asegurarse lo mismo. Detrás de una puerta que conducía a un pasillo por el que se llegaba al vestuario visitante, aparecía una gigantografía de un momento clave: la tapa de LeBron James a Andres Iguodala, que aseguró el título. Eso no fue todo. Había un pequeño agregado que sólo los más detallistas pudieron ver en el momento: el anillo de campeón photoshopeado sobre uno de los dedos de James.

Desde los insultos, chicanas y provocaciones varias dentro de la cancha al encontronazo entre LeBron y Draymond Green, que le significó una suspensión a este último para el quinto partido, pasando por las cargadas y el “pero ustedes desaprovecharon la ventaja de 3-1” como respuesta a todo entre los fanáticos, los condimentos están a la orden del día.

Ante la ausencia de Steve Kerr, que sigue batallando con dolores crónicos en su espalda, Mike Brown seguirá en el banco de los Warriors. El entrenador sustituto fue, ni más ni menos, quien dirigiera a los Cavaliers en las finales de 2007, las primeras que jugó LeBron y en las que cayeron 4-0 ante los Spurs. Y a quien echaron dos veces de Cleveland, una de ellas tras críticas abiertas del “23”. La venganza, dicen, es un plato que se sirve frío. Tanto el coach como sus jugadores han tenido tiempo de que bajara la temperatura de su comida.

Del lado de afuera de la cancha, el show absoluto. Adentro, los dos cracks que eclipsaron la NBA en los últimos tiempos (el ya mencionado James y Stephen Curry, el líder de una forma revolucionaria de jugar) junto a Kevin Durant. Es decir, los tres tipos que ganaron 7 de los últimos 8 premios al Jugador Más Valioso de la liga. Más Kyrie Irving. Más Green. Más Klay Thompson. El mundo estará pendiente de este tercer capítulo en una trilogía que supera a la ficción.

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