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“Bloqueo”, la muletilla preferida de los defensores del régimen cubano

Luego de 62 años del ascenso al poder de Fidel Castro, Alberto Fernández aún no logra desentrañar lo que sucede en la isla. Es curioso que el mandatario, que suele hacer declaraciones filosas sobre casos de uso legal de la fuerza y de violencia institucional en países democráticos como Chile o Colombia, no pueda formarse una opinión respecto de las flagrantes violaciones de los derechos humanos en Venezuela, Nicaragua y Cuba. Reciente converso y férreo defensor de la teoría del lawfare, tampoco hizo comentarios respecto de la persecución a las principales figuras de la oposición boliviana, incluida la expresidenta Jeanine Áñez, que lleva cuatro meses en prisión.

A pesar de su confeso desconocimiento, Fernández siguió una vez más los lineamientos de su colega Andrés Manuel López Obrador, que, ratificando la tradición mexicana de no intervenir en los asuntos internos de otros países (y de peculiar condescendencia con el régimen castrista) exigió el fin del denominado “bloqueo”: una muletilla marketinera de quienes apoyan al régimen castrista y son críticos de la postura norteamericana. Lo que sufre Cuba es un embargo por parte de EE.UU., de ninguna manera un bloqueo. Según el diccionario de la Real Academia Española, “embargar” significa prohibir, por decreto de un gobierno, el comercio y el transporte de armas u otros efectos útiles para la guerra; “bloquear” implica realizar una operación militar o naval consistente en cortar comunicaciones de un puerto, un territorio o un ejército.

Desde 1992, con el fin de la Guerra Fría, la Asamblea General de las Naciones Unidas se pronuncia de forma abrumadora en contra del embargo impuesto sobre la isla –la última vez, el 9 de junio pasado–. Es cierto que la traducción al español del documento oficial utiliza, erróneamente, “bloqueo”, pero EE.UU. impone sanciones comerciales y financieras que implican que personas físicas o jurídicas norteamericanas están impedidas de interactuar con pares cubanos.

La medida fue impuesta por la administración Eisenhower al ya debilitado dictador Fulgencio Batista con foco en la venta de armas a mediados de 1958, en señal de apoyo a los jóvenes barbudos que lo desafiaban. Luego del triunfo castrista se profundizó debido a una serie de expropiaciones sin compensaciones que afectaron a empresas norteamericanas, lo que derivó en su extensión al petróleo. El gobierno revolucionario decidió importarlo de la URSS y confiscó las refinerías, de propietarios norteamericanos, que se negaban a procesarlo para no violar las sanciones impuestas por Washington. El conflicto escaló en el contexto de la confrontación este/oeste hasta incluir dos episodios de enorme relevancia: la frustrada invasión a Bahía de los Cochinos (abril de 1961, con JFK en el poder) y la “Crisis de los misiles” (octubre de 1962), en la que hubo desplazamiento de naves durante unas dos semanas.

En febrero de ese año el embargo se había ampliado significativamente. A partir de julio de 1963 se prohibieron los viajes de estadounidenses a la isla. En 1966, Lyndon Johnson facilitó el asilo de cubanos en los EE.UU. Se estima que en los últimos 62 años, 1,4 millones de isleños se convirtieron en residentes legales con rápido acceso a la ciudadanía. Junto con sus descendientes y familiares, conforman una comunidad de enorme influencia económica, política y cultural, fundamentalmente en Florida, un swing state clave que aporta 29 votos al colegio electoral. Durante la administración Carter, luego de un intento fallido de distensión con el régimen castrista, la crisis de los “Marielitos” fue determinante para el apabullante triunfo de Reagan. Poco después, EE.UU .designó a Cuba como un Estado que apoyaba el terrorismo, por su involucramiento directo en el entrenamiento y financiamiento de grupos guerrilleros en países como Angola, El Salvador, Guatemala o Nicaragua.

Tras el colapso de la URSS, muchos asumieron una caída inminente del régimen castrista, lo que derivó en un refuerzo del embargo en 1992 (con el Cuban Democracy Act) por parte de George Bush, que ganó en Florida en diciembre de ese año por muy escaso margen en los comicios en los que Clinton fue ungido presidente. El flujo de refugiados aumentó durante el “período especial”, la crisis que puso en evidencia la dependencia que la economía cubana tenía respecto de la URSS. En 1996, la polémica ley Helms-Burton pretendió profundizarlo, impidiendo a empresas de terceros países que mantuvieran vínculos con la isla hacer negocios con pares de EE.UU., lo que generó tensiones con aliados y tuvo poco impacto real, a tal punto que Canadá, integrante del Nafta, es el principal socio comercial de Cuba. A comienzos de siglo, Hugo Chávez se alió con los Castro, reemplazando parcialmente el papel que habían jugado los soviéticos y revitalizando las ideas antiimperialistas y antinorteamericanas en el contexto del socialismo del siglo XXI.

A poco de asumir en 2009, Obama pretendió reinventar las relaciones bilaterales, mitigando las restricciones a los viajes y a las transferencias de dinero a familiares. Y abogó para que la OEA, que la había expulsado en 1962, invitara a Cuba a reingresar, pero este país declinó, incapaz de cumplir con los requisitos de la Carta Democrática que rige en la organización, apostando por mecanismos de integración regional alternativos, como la Celac. En 2014, ambos países anunciaron el restablecimiento pleno de relaciones diplomáticas y al año siguiente Cuba fue eliminada de la lista de promotores del terrorismo y se reabrieron las embajadas. En 2016, Obama hizo una histórica visita antes de venir a Buenos Aires y firmó un acuerdo para permitir vuelos comerciales por primera vez en medio siglo. El triunfo de Trump, que venció en Florida a Hillary Clinton, reimpuso restricciones hasta que Cuba liberase a los presos políticos, legalizara a los partidos opositores, honrase la libertad de expresión y convocara a elecciones libres. Esto provocó lo contrario: un reforzamiento de los mecanismos represivos en un contexto de honda crisis económica y social, agravada por el fracaso del chavismo.

Los demócratas parecen haber aprendido la lección: la administración Biden, al igual que la Unión Europea, instó a Díaz-Canel a que respete el derecho de la población a expresarse libremente. Pero las notables movilizaciones en Miami, donde el miércoles hubo más de 15.000 personas, representan un desafío mayúsculo. El senador Marco Rubio, que buscará su reelección el año próximo, prometió satélites para que los cubanos puedan acceder a internet y continuar así comunicándose y mostrándole al mundo las atrocidades cotidianas que el régimen comete a diario. EE.UU. vende alimentos y medicamentos equivalentes a 200 millones de dólares mensuales, pero exige el pago en efectivo. El embargo continúa: en Cuba el comercio exterior es monopolizado por el Estado, cuyos burócratas se apropian de los recursos para sojuzgar a la población. En particular, por dos individuos: Alejandro Castro Espin, quien maneja además a las FF.AA., y Luis Alberto López Callejas, titular de la empresa Gaesa, hijo y yerno de Raúl Castro, respectivamente.

Fernández cae en una nueva contradicción al condenar las sanciones a Cuba mientras unilateralmente limita las exportaciones de carne y las importaciones de miles de productos por la escasez de divisas; encima pretende que el Mercosur acompañe ese intervencionismo extremo, a pesar de las preferencias del resto de sus integrantes. Más grave es que el Presidente empañe aún más el compromiso del país con los derechos humanos, el principal logro en estos complejos 38 años de vida democrática.

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