Política

Caso Gildo Insfrán: encantos del Pequeño Dictador que todos llevamos dentro

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Gabriel García Márquez se perdió de esta escena para definir Macondo:

“Hijo mío: si un día llegas a gobernar este país, no dejes de sacarte al menos una foto cariñosa o intimista con Gildo Insfrán. Es una tradición de nuestra particular democracia y él siempre va a estar. Ahora bien: si no llegas a ser el que manda, ni se te ocurra oponerte a Gildo. En el mejor de los casos, vas a terminar preso”.

Cuatro años como diputado provincial. Dos mandatos como vicegobernador de Formosa. Siete, hasta ahora, como gobernador. Eso equivale a más de 37 años corridos en el tapete. Allá arriba.

En la Argentina, el recurrente sueño de eternizarse en el poder se llama Gildo Insfrán. Es el ejemplo viviente de por qué las reelecciones indefinidas son inconvenientes: agrandan el egocentrismo, consagran abominables excesos de autoridad y achican la posibilidad de resolver los problemas de fondo.

En el caso de Formosa, la reelección permanente se instauró en una sesión de la Legislatura muy especial. Fue en 1999. El edificio había sido cerrado por dentro por el insfranismo con barretas de hierro trabando las puertas y el principal opositor a esa reforma, que a la vez presidía nada menos que la Corte Suprema provincial, fue detenido por una causa judicial inventada durante las horas que duró el “trámite” parlamentario.

En cuanto a los resultados concretos de esa gestión interminable de Insfrán, digamos que:

• En Formosa vive el 1.3% de los argentinos.

• La pobreza supera en un tercio al promedio nacional (afecta a la mitad de los formoseños, según datos oficiales del INDEC).

• El 46% de la población recibió la ayuda extra del IFE por la pandemia.

• Apenas el 15% de sus estudiantes secundarios tienen un desempeño satisfactorio en Matemáticas (es la penúltima provincia en ese ranking, unas décimas arriba del Chaco).

• Su Producto Bruto equivale al 0.5% del nacional.

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