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El método kirchnerista de echarle la culpa a los otros

Tras el atentado, Cristina marcó la estrategia para acusar de odio a la oposición, la Justicia y los medios. Y contrarrestar el pedido de condena por Vialidad. Alberto, Kicillof y la CGT: todos obedecieron.

Para quienes hemos nacido en familias de padres peronistas hay una frase que nos acompañó desde la infancia. Se empezaba a pronunciar en el mes de octubre. Es que el 17 era el acto del Día de la Lealtad, y el 18 se decretaba feriado nacional. “Mañana no se trabaja, mañana es San Perón”, decía el General al final de la convocatoria y los peronistas podían dormir hasta tarde al día siguiente. Con el tiempo, aprendimos que se trataba del simple exceso de una economía más próspera que jamás pensaba en el equilibrio fiscal, y que a veces crecía pero nunca se desarrollaba.

Los setenta y siete años del peronismo no han logrado corregir algunos de los pecados de aquel país con más futuro que pasado. En otro ejemplo de superación de los disparates que acumula la opaca gestión de Alberto Fernández, el último fue decretar feriado este viernes para reflexionar sobre el intento de atentado contra Cristina Kirchner que perpetró el hasta ahora misterioso conductor de taxis y remises nacido en Brasil.

Si el Presidente no llegó al punto de pronunciar la frase en su discurso por cadena nacional y derrapar diciendo “mañana es San Perón”, es solo porque todos sus pasos (y el discurso también) son controlados por Cristina desde la noche del jueves en la que se produjo el atentado en el barrio de La Recoleta.

Por eso, es que el Presidente repitió como le ordenaron el eje temático que la Vicepresidenta y la casi totalidad de los dirigentes peronistas hicieron suyo desde el disparo fallido frente a su inepta custodia policial. La orden de Cristina, quien hizo demorar una hora la palabra presidencial, fue breve y precisa: “En la Argentina volvió la violencia política y los culpables son la oposición, la Justicia y los medios por instalar el discurso del odio”. Así obedecieron Alberto, la CGT, las diferentes castas del kirchnerismo y cada manifestante que llegó el viernes en micro a la Plaza de Mayo para reflexionar sobre el episodio. El peronismo podrá negociar la lealtad, pero jamás renunciará al verticalismo.

Movilización en Plaza de Mayo (Nicolás Stulberg)Movilización en Plaza de Mayo (Nicolás Stulberg)

Más allá del desatino del viernes feriado, pensado para facilitar la movilización de los aparatos políticos y gremiales, el atentado contra Cristina es un episodio grave que requiere un nivel de alerta extra de parte de los poderes institucionales y que no puede esquivar otra vez la necesidad de una investigación judicial seria, profunda y reveladora. La que no tuvieron la muerte del fiscal Alberto Nisman, investigada como homicidio, y el crimen del reportero José Luis Cabezas, cuyos asesinos están todos en libertad. Solo por citar dos ejemplos de impacto social.

No será fácil para la jueza federal María Eugenia Capuchetti resolver el enigma del ataque a la Vicepresidenta. Según las primeras requisas, el brasileño Fernando Andrés Sabag Montiel no es un tirador experto, ni portaba un arma moderna. No tendría en apariencia conexiones con grupos políticos argentinos o extranjeros, y su mayor exotismo son sus tatuajes, vinculados a la mitología nórdica y a un símbolo que usaron los policías secretos nazis hace tres cuartos de siglo. Poca historia delictiva para alguien que asumió el riesgo de querer matar a Cristina.

A eso hay que sumarle las extraordinarias anomalías que rodearon al ataque. La facilidad con la que el agresor penetró la protección de la custodia policial; la rapidez con la que intentó alejarse (se hubiera escapado sino hubiera sido por la reacción de algunos militantes); la ausencia de acciones de resguardo para Cristina apenas producido el hecho y los inexplicables siete minutos posteriores de diálogo entre la Vicepresidenta y sus simpatizantes, como si no hubiera sucedido nada parecido a la conmoción que terminó con el insólito feriado nacional.

Lo que sí pusieron en marcha Cristina, Máximo Kirchner y el resto de sus seguidores sin derecho a crítica fue una estrategia de aprovechamiento integral de la circunstancia adversa. El acto del viernes y todas las iniciativas políticas paralelas se centraron en un solo objetivo: contrarrestar el efecto de la investigación y el pedido de condena a doce años de prisión por corrupción y fraude al Estado en la escandalosa causa Vialidad. La apropiación de cerca de 1.000 millones de dólares a través de contratos de obra pública en Santa Cruz derivados al amigo Lázaro Báez.

Quien mejor expuso esa método fue el gobernador Axel Kicillof, poco acostumbrado a utilizar las artes del Príncipe de Maquiavelo. “No puedo dejar de asociarlo a lo que escuchamos de parte de un exponente del Poder Judicial que también buscaba correrla de la política prohibiéndole la participación como candidata”, explicó, refiriéndose al fiscal Diego Luciani.

“Demasiada información; había que mencionar el pecado, no descubrir al pecador”, dijo después un kirchnerista que asistió al acto en la Gobernación de La Plata. La idea era mantenerse en el eje oposición, justicia y medios como los culpables del atentado. Hasta lo repetían sin trastabillar los chicos kirchneristas en la marcha. Pero la sutileza no es la ciencia que domina Axel.

Conferencia de prensa de Axel KicillofConferencia de prensa de Axel Kicillof

No hay corrupción ni las 1.200 propiedades entre casas y autos. Y las 415.000 hectáreas propiedad de Báez en Santa Cruz con patente de los Kirchner son solo una anécdota para la estrategia de Cristina. Las irregularidades que ayudaron a multiplicar exponencialmente el patrimonio familiar tienen para ellos una sola explicación: el discurso del odio de la oposición, los jueces, los fiscales y el periodismo que quiere impedirle ser candidata.

Con Lula, Sánchez y el Papa

La estrategia comenzó a diseñarse a fin del año pasado, cuando los abogados de Cristina advirtieron que la causa Vialidad era imposible de frenar en la Justicia. Y se complementaba con la teoría del Lawfare y la bandera de la conspiración regional. El boliviano Evo Morales había tenido que huir de un golpe de estado; la brasileña Dilma Roussef había sido destituída por la misma razón, y Lula Da Silva también había ido a prisión injustamente. Con la elección del 2 de octubre, y un eventual triunfo de Lula el círculo cerraba perfecto para la Vicepresidenta. La amenaza de una candidatura presidencial era el mejor antídoto contra la posibilidad de una condena inevitable.

Aún bajo el impacto del atentado en Recoleta, Cristina no perdió el eje y le sumó a su estrategia política local la gestión de apoyos internacionales. Los más importantes fueron el de Lula, que por la cercanía de la elección no había respaldado todavía a la Vicepresidenta. Y el del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, que también venía retaceando su apoyo mucho más preocupado por el complicado escenario interno que enfrenta y por las consecuencias energéticas de la invasión rusa a Ucrania.

Otros de los respaldos recibidos están rodeados por la polémica. El del dirigente de Podemos, Pablo Iglesias, quien ha quedado devaluado y fuera de los círculos del poder español tras la cadena de derrotas electorales que lo hicieron renunciar a la Vicepresidencia de Sánchez. Y un clásico es el del Papa Francisco, quien trata de compensar la lluvia de críticas del gobierno ucraniano por su postura reiterada de igualar a Rusia y a Ucrania en cada declaración pública sobre el conflicto en Europa del Este.

Si hay una ventaja que Cristina le lleva a la oposición es su experiencia en atravesar indemne crisis políticas y también personales. La mayor de ellas fue, sin dudas, la muerte de su esposo en octubre de 2010. Su imagen de fortaleza ante la adversidad y la irrupción de miles de jóvenes recién llegados a la política que las cámaras de la televisión pública mostraron con profesionalismo, transformaron el velatorio de Néstor Kirchner en un relanzamiento de su gobierno. El cambio de la dinámica política terminaría con su reelección, después de una arrasadora victoria con el 54% de los votos. Algo de eso recordaban muchos peronistas en las últimas horas. Y en la oposición también.

Cristina Kirchner se mostró en público 24 horas después del ataque (Gustavo Gavotti)Cristina Kirchner se mostró en público 24 horas después del ataque (Gustavo Gavotti)

El viernes, Cristina convirtió su departamento de Recoleta en un despacho presidencial. Además de responder las preguntas de la jueza Capuchetti sobre el atentado, recibió a Alberto Fernández, a Kicillof y a otros dirigentes para controlar el discurso oficial. También chequeó con Sergio Massa los puntos del viaje que el ministro de Economía inicia el lunes a EE.UU. “Esta semana cambió todo; ahora todos bailamos la música de Cristina”, reconoce un funcionario con despacho en la Casa Rosada.

Con una Argentina deteriorada a niveles de catacumbas, Cristina intenta aprovechar la confrontación interna de Juntos por el Cambio para hacerlos caer en la trampa. Hubo una foto conjunta de senadores oficialistas y opositores en la noche del jueves, pero después la presión se trasladó a la Cámara de Diputados.

El kirchnerismo convocó a una sesión especial para este sábado al mediodía, desatando en los bloques opositores un debate sobre la conveniencia de asistir o no a la Cámara Baja. Los más duros planteaban no aparecer por el Congreso, y otros preferían ir para exigir la comparecencia del ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, y la de Diego Carbone, el comisario de la Policía Federal a cargo de la custodia presidencial. Si los convocan, no les va a ser fácil explicar porqué fue tan fácil llegar a Cristina.

En tres días, Carbone se ha convertido en uno de los personajes preferidos de la red de jóvenes y adolescentes TikTok. No por sus conocimientos de kickboxing ni por su vínculos con varios de los barrabravas argentinos nucleados en la orga kirchnerista “Hinchadas Unidas” (el más cercano es el influyente de Boca, Rafael Di Zeo), sino por la frase que lo catapultó a la frágil popularidad de las redes sociales. Como una tromba, gira de teléfono en teléfono su abrazo al ex gobernador de San Juan, José Luis Gioja. “La plata que choreábamos con éste”, lanza Carbone, con una carcajada que es una firma ante escribano.

El documento que el Frente de Todos pretendía hacerle firmar a la oposición en la Cámara de Diputados era una admisión lisa y llana de que el odio opositor era el culpable del atentado contra Cristina. La inversión de la carga de la prueba para ubicar la culpa del otro lado de la grieta ha sido una constante en la épica kirchnerista. “Desde hace varios años, la dirigencia política y sus medios partidarios vienen repitiendo un discurso de odio”, leyó la actriz y gremialista Alejandra Darín en Plaza de Mayo.

Nada dijo la actriz sobre la comparación que, hace apenas una semana, hizo el Presidente entre el fiscal Nisman y el fiscal Luciani. Cambiando por suicidio la muerte violenta que le provocaron al funcionario que iba a denunciar a Cristina en el Congreso. ¿Es de amor o es de odio el juego perverso que intentó Alberto para tratar de sacar una pequeña ventaja?

En el escenario de la Plaza no estaba por supuesto su hermano Ricardo, el del talento actoral en el mundo y el prestigio artístico conseguido con el esfuerzo de muchos años. A él también podría haberle cabido la crítica del odio simplemente porque piensa diferente. “Lo que más perturba es la estupidez de los necios que se distraen con teorías conspirativas”, ha dicho en una de sus polémicas más recientes. En estas horas, Darín debe ser uno de los millones de argentinos perturbados por una historia que se repite, que choca y que jamás avanza en ninguna dirección.

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