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“Seamos LIBRES” el legado sanmartiniano que lleva doscientos años

“Seamos libres y lo demás no importa nada” es, quizás, la frase más perdurable del legado sanmartiniano. Se la ha citado muchas veces. Pocos recuerdan o saben de dónde proviene. Trataremos de ponerla en contexto y analizar el aspecto político del Libertador, tan marginado de la historia tradicional.

La célebre expresión nació hace ya doscientos años y constituyó el concepto central de la Orden General que San Martín dirigió a su Ejército desde Mendoza, el 27 de julio de 1819:

Compañeros del Ejército de los Andes:

Ya no queda duda de que una fuerte expedición española viene a atacarnos; sin duda alguna los gallegos creen que estamos cansados de pelear, y que nuestros sables y bayonetas ya no cortan ni ensartan: vamos a desengañarlos.

La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos; si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos ha de faltar; cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mujeres y si no, andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: seamos libres y lo demás no importa nada. Yo y vuestros oficiales daremos el ejemplo en las privaciones y trabajos. La muerte es mejor que ser esclavos de los maturrangos.

Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje.

José de San Martín.

Aunque la versión más conocida en un extracto en forma de bando:

Compañeros del Ejército de los Andes:

La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos; si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos ha de faltar; cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mujeres y si no, andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: seamos libres y lo demás no importa nada

Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje.

José de San Martín.

Este resumen, mucho más difundido, nos quita algo del estado de situación al momento de redactar este texto. ¿A qué expedición española se refiere? ¿De dónde viene? ¿Cuáles son los motivos que llevan a escribir esta proclama? ¿Cuál era la situación política en 1819?

Tras la victoria de Maipú, en abril de 1818, la libertad de Chile quedó asegurada. Había que encarar entonces la siguiente etapa del plan de liberación continental sanmartiniano, que consistía en atacar Perú, el centro del poder colonialista español en América del Sur. Para ello debía conformarse una fuerza militar capaz de llevar adelante esta campaña a la vez que había que armar una escuadra que controlara las costas del Pacífico y permitiera transportar al ejército libertador hasta las playas peruanas.  En marzo de 1819 San Martín cruzó a Mendoza con una parte de sus tropas y dejó en manos de Bernardo de O´Higgins los preparativos de la expedición al Perú. Pueden ser varias las razones de este traslado, pero hay dos que sin dudas debían preocupar al Libertador. Una es la creciente inestabilidad interna en las Provincias Unidas del Río de la Plata, motivada en las disputas entre el poder central representado por el Directorio y los caudillos federales del interior. La otra era la posibilidad de que una poderosa fuerza militar española partiera de Cádiz –tal como informaban los agentes secretos porteños- con rumbo al Río de la Plata con el fin de reconquistar esa región para la corona, tal como lo habían hecho las tropas al mando de Pablo Morillo en Nueva Granada (básicamente, actuales Colombia y Venezuela), tan sólo cuatro años antes.

La presión del Directorio para que San Martín regresara con el Ejército de los Andes para sofocar los levantamientos contra el gobierno de Buenos Aires fue cada vez mayor y se manifestó de diversas formas. Desde órdenes directas hasta maniobras de engaño y desgaste. Fue una situación por lo menos incómoda para el Libertador, que veía peligrar de esta forma sus planes continentales de liberación. Sin embargo, fue la persistente obediencia al objetivo independentista lo que le permitió sortear este contratiempo. El historiador Oscar Bosetti nos plantea en forma clara la dicotomía a la que se enfrentaba San Martín: “o el ejército se convertía en la policía de los terratenientes bonaerenses y de un sector de los grandes comerciantes ligados a ellos, o, por el contrario, se transformaba en el brazo armado de la revolución en la Patria Grande”[i].

San Martín comprende en forma muy clara que debe conservar la integridad del Ejército de los Andes a fin de emprender la campaña del Perú y estar preparados también para enfrentar con éxito una posible invasión española por el Plata. Es por esa razón que también decide interceder con los caudillos federales para zanjar diferencias en aras del objetivo supremo de la emancipación continental. Pronto, en el mismo mes de marzo del ´19, le escribe sendas cartas a Estanislao López y a José Gervasio Artigas. Ambas constituyen un llamado político a la unidad en pos del fin común.

Unámonos paisano mío para batir a los maturrangos que nos amenazan -le dice al caudillo santafesino- divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro que los batiremos, hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor. La sangre americana que se vierte es muy preciosa y deberíamos emplearla contra los enemigos que quieren subyugarnos. El verdadero patriotismo en mi opinión consiste en hacer sacrificios, hagámoslos, y la patria sin duda alguna es libre, de lo contrario seremos amarrados al carro de la esclavitud. Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas”. Se dirige de manera similar al líder de la Banda Oriental, al que le llega a expresar su preocupación por la posibilidad de que llegue la expedición española al Plata: «Noticias contestes que he recibido de Cádiz e Inglaterra aseguran la pronta venida de una expedición de 16.000 hombres contra Buenos Aires: bien poco me importaría el que fueran 20.000 con tal que estuviésemos unidos… Debemos cortar toda diferencia y dedicarnos a la destrucción de nuestros enemigos, los españoles, quedándonos tiempo para transar nuestras desavenencias como nos acomode, sin que haya un tercero en discordia que pueda aprovecharse de estas críticas circunstancias. Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón”.

Las cartas nunca llegaron a destino. Belgrano, entonces a cargo del Ejército del Norte, las interceptó. Tanto él como San Martín habían recibido la orden de abandonar sus posiciones y volverse con sus tropas hacia el Litoral, a fin de atacar a los caudillos que se sublevaban contra el poder de Buenos Aires. Belgrano acató las ordenes y esa decisión, como bien dice Rodolfo Puiggrós, le costó la disolución de su ejército[ii], diezmado por privaciones, deserciones y levantamientos. San Martín, en cambio, entró en un juego de dilaciones que lo llevaría, con el tiempo, a la desobediencia.

López también interceptó cartas. Eran unas misivas de San Martín al Director Supremo Pueyrredón acerca de la situación de la guerra de la Independencia. El caudillo entendió la supremacía de este tema sobre las demás cuestiones políticas y remitió la correspondencia a Buenos Aires. Este gesto fue el principio de un armisticio entre los federales del Litoral y el poder porteño que duraría unos meses. Durante esta breve paz se sancionó en Buenos Aires una Constitución unitaria, que a la larga reactivaría el conflicto interno y se produjo la renuncia de Pueyrredón, que fue reemplazado por José Rondeau.

El nuevo Director Supremo renovó los esfuerzos para hacer cumplir a San Martín la orden de volver con su ejército. A veces la excusa era la posibilidad –para entonces cada vez menos probable- de la expedición española y en otras la necesidad de “pacificar” el país a través de la represión de los caudillos del interior, que era la razón de peso para el gobierno de Buenos Aires.

Para mediados de 1819, San Martín aún no había resuelto el dilema ante el que se enfrentaba. Pero ya comenzó a dar señales claras de cuál sería su rumbo, comprometido siempre con su objetivo supremo, el de la causa americana. Además de su desinterés por participar en las luchas fraticidas, entendía que si volvía con el Ejército de los Andes podía pasarle lo mismo que a su querido amigo Belgrano. Comprendía que había construido una fuerza armada en torno a un ideario revolucionario y emancipador que no podía traicionar.  Se trataba de un ejército que estaba compuesto por soldados de diversas regiones. ¿Cómo podrían reaccionar chilenos o altoperuanos que habían sido reclutados para la emancipación continental si de pronto se veían inmersos en un conflicto interno de las Provincias Unidas?

San Martín supo que el elemento de cohesión y acción de su ejército era el enemigo realista. Es en este contexto que lanza su ya bicentenaria proclama, que nos permite apreciar aspectos diversos y profundos del pensamiento del Libertador.

 

La proclama de 1819 como documento político

En principio, aúna a los integrantes del Ejército de los Andes bajo el concepto de “compañeros”, consideración que afirma el carácter político y colectivo de la empresa emprendida por el ejército sanmartiniano[iii]. En esta misma línea está la elección de la “expedición española” como única hipótesis de conflicto, sin tener en cuenta los enfrentamientos internos. Esto sin dudas confirma la vigencia del fin principal de la formación y de la acción de esta fuerza armada: la liberación continental por sobre todas las cosas. Campaña que incluye también a “nuestros paisanos los indios”. San Martín es muy claro en todo esto y lo resume en el “Seamos libres y lo demás no importa nada”, ya convertido en una especie de axioma. Es un llamado a la acción y el corazón mismo de la Orden General. En ese rumbo -en ambas versiones de la proclama, la entera y la resumida- destaca la importancia de una lucha mancomunada que para tornarse victoriosa exige todo tipo de sacrificios. Pero en el texto completo también se nos hace saber que el esfuerzo debe ser de todos. “Yo y vuestros oficiales daremos el ejemplo en las privaciones y trabajos”, dice y de alguna manera anticipa esos versos que nos legara Don Arturo Jauretche: “Hasta que un día el paisano acabe con este infierno, y haciendo suyo el gobierno, con solo esta ley se rija: o es pa’ todos la cobija, o es pa’ todos el invierno”.

Por último, el Libertador resalta la naturaleza fatal de lo que está en juego en una guerra de liberación “La muerte es mejor que ser esclavos de los maturrangos. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje”.

El documento confirma la dirección política del proyecto sanmartiniano. Pocos meses después, en octubre, al recrudecer los conflictos internos y saber que los planes de la expedición española están a punto de desbaratarse, decide retomar el camino hacia Lima. “Se va a descargar sobre mí una responsabilidad terrible; pero si no se emprende la expedición al Perú todo se lo lleva el diablo”, le escribe a O´Higgins. Se trata, ni más ni menos, que la responsabilidad de desobedecer las órdenes de Buenos Aires y ser consecuente con el “Seamos libres, que lo demás no importa nada”.

La Orden General de 1819 nos revela un Libertador lejos del bronce, con las botas enterradas en el barro de la historia. Es el San Martín político, aquel velado por la figura del militar y la gelidez de la estatua. Norberto Galasso -que tituló la biografía que le dedicó con el “Seamos libres…”- sostiene que este “documento estuvo vedado a los colegiales durante décadas en razón del lenguaje realista usado por el Gran Capitán”[iv]. Por su parte, Pablo Camogli afirma que se trata de una fuente documental maravillosa, “ya que de su contenido se pueden extraer numerosos datos sobre la forma de hacer la guerra de aquellos ejércitos, como así también las características sociales, económicas y culturales de la lucha por la emancipación y la independencia”[v].

En esos tiempos de veda escolar de los que habla Galasso, la Orden General circuló poco en las historias sanmartinianas. Arturo Capdevilla la recupera en su El pensamiento vivo de San Martín y la cita casi completa bajo el título de “Ser libres a toda costa”, aunque sin aclarar tiempo ni circunstancia. Es casi la más importante referencia de la bibliografía clásica. Hoy en día todavía sigue excluida de la cronología oficial del Instituto Nacional Sanmartiniano, que sí hace referencia a otras proclamas.

La reivindicación de este texto de San Martín provino de manifestaciones de otra etapa de la lucha antiimperialista en nuestra América. Primero fue en expresiones de los medios de  contrainformación política de los años sesenta y luego se transformó también en estandarte de las organizaciones armadas peronistas, aunque con diversos significados.

Los miembros fundadores del Grupo Cine Liberación, Fernando Solanas y Octavio Getino, la incluyeron en el comienzo de la segunda parte de La hora de los hornos (1968), como prólogo orientador a una serie de imágenes que muestran la lucha antiimperialista en diversos lugares.  Podemos inferir que de esta forma la proclama se torna una consigna unificadora de todo movimiento de liberación del Tercer Mundo. Algunos años después, en Actualización política y doctrinaria para la toma del poder (1971), la imagen de la Orden General será resignificada por los mismos directores.

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